
Me llaman calle nació en la calle, una noche cualquiera, entre seis amigos y una idea simple: mirar donde otros no miran. Acercarnos a quienes la ciudad aprendió a esquivar, no para cambiarlos, sino para compartir un rato de humanidad.
Al principio éramos pocos y las ollas, pequeñas. Cocinábamos unas 60 porciones con lo que podíamos, y salíamos con una certeza enorme: lo más valioso no era la comida, sino el encuentro. Una charla sin apuro, una sonrisa compartida, una mirada que dice “te veo”.
Hoy, esa misma llama creció. Somos 150 voluntarios que cada semana preparamos 6 ollas de comida y recorremos las calles los lunes, jueves y domingos. De 60 porciones pasamos a 850 por semana, y detrás de cada una hay un pedazo de historia, de risa, de abrazo, de escucha.
Cada ronda tiene su propia magia: el vapor de la olla en la noche fría, las risas entre cucharones, las manos que se extienden. Ahí entendés que no estás dando: estás recibiendo.
Detrás de cada cena hay trabajo, organización y toneladas de amor.